martes, 22 de diciembre de 2020

Horas

Es muy tarde para odiar
¿acaso hay tiempo?
¿Cuántos años de una vida se pueden perder odiando?
Me gustaría ver las gráficas de mi vida 
Tal vez hubiera planeado mejor
Mis horas para amar 
Mis momentos de creación. 
¿de qué servirán los tragos de amargura
La reiteración del dolor?

jueves, 3 de diciembre de 2020

Qué pasa en nuestros corazones

Qué pasa en nuestros corazones

porqué donde hubo algunas sonrisas

algunas simpatías

de repente y sin aviso 

suceden 

odios, resentimientos, amarguras


Qué palabra, qué hecho,

qué omisión o acción

nos llevo a dejar que querernos

¿es qué acaso nos quisimos?

no lo sé.


tal vez debamos empezar por ahí.

Tal vez nunca me quisiste

tal vez nunca te quise 

pero intenté

tal vez no hubo esa apertura

tal vez por ello yo no me abrí 

Tu siempre con el juicio

Tu siempre tan cruel


Cuanto cariño se pierde con el dolor de la amistad



domingo, 29 de noviembre de 2020

Entre la serenidad y la locura

He escrito infinitas veces

sobre el lupus

en prosa

en mensajes 

en los documentos del seguro 

nunca pensé 

hacerlo así. 

En líneas. En versos,  

Expulsando de mi cabeza 

lo que es 

lo que no me permite ser

lo que ha transformado en mí. 

El pelo, la piel, la sonrisa.

El peso, los ojos, la fe. 

Las noches que he pasado

buscando respuesta

rogando a la diosa.. a quien sea

a mi mísma

sanarme,

tomarme las medicinas

 tener la voluntad de llamar 

al doctor

a mi familia 

a Sinhué. 

Confesarles que no puedo, 

con todo 

con nada 

con la contradicción..

de una enfermedad invisble 

que me autodestuye por dentro

y me condena por fuera 

a ser Casandra

porque nadie asocia

el dolor interior

como algo real 

la enfermedad debe notarse externamente 

como la alopecia en el cáncer después de las luchas químicas

como la invalidez después de perder las extremidades

como la ceguera que puede traer una diabetes...

pero en el lupus se te condena 

a un limbo entre la muerte y el bienestar

no estás ni en uno ni en otro

las medicinas te mantienen 

entre la fatalidad y la plenitud del cuerpo

entre la serenidad y la locura. 


jueves, 26 de noviembre de 2020

Luz, teléfono, gas

Es que así era, incuestionable

mi confianza natural de niña 

ir con mi madre a todos lados

sin percibir la pesadez del sol

sin sentir el bochorno de la gente.


Salíamos a pagar las cuentas

luz, teléfono, gas.

Eramos inseparables.

No odiaba, ni amaba

el transporte público, 

los largos ratos sin amigas,

estar solo entre gente adulta...

Las largas filas eran como un juego:

avanzar de una silla a otra 

como un progreso,

cada lugar un punto hasta la meta, 

luego por ahí alguna sorpresa... 

Extraño estar así con mi madre. 

Sin miedo, sin expectativas. 

Solo el presente y su compañía.  


En absoluto

la imposición de representaciones,

la exigencia a sentir

la manipulación o el fraude. 


Quisiera jamás hacerlo,

llorar a escondidas

para no dar vergüenza

para mostrarme serena. 


Me niego, lo rechazo, 

no seguir el llamado

aunque sea una causa perdida

aunque me cueste la vida


Por qué no habría 

de salir ante el tedio 

decir no al deseo ajeno 

desechar el desecho 


Simplemente no 

a las peticiones absurdas

a la burla desmedida 

al rincón sin salida. 


Me traicionaría haciendo 

una oda a la nada

la apología del cinismo

abrazando cualquier ismo. 


No. 














miércoles, 25 de noviembre de 2020

Sobre el rencor

¿Por qué el odio y el rencor nos pueden robar tanta energía? ¿Consumir el tiempo? ¿Quitar la alegría? Busco una medicina para mi desagrado, mi malestar, sobre lo mal que me hicieron sentir. A veces creo que a mi alma le gusta odiar. Sentir esta tensión, este deseo de venganza. Si no porque busca torturarse cada día con las mismas escenas, con idénticos pensamientos, repitiendo aquello que causa dolor? Quisiera atreverme a decirles cuánto les odio, explicarles por qué. Pero ¿de qué serviría? Tal vez así ustedes puedan hacerme entender el daño causado, el odio hacia mi. Tal vez así pueda entender si les hice algún mal. O ustedes entenderlo de mi. Pero soy cobarde. Me quedaré mis días molesta por sus palabras o por su silencio. Pero eso no sucederá. Discutiremos por horas, días, tal vez años. Se interpondrán entre nosotres nuestros egos. El rencor crecerá y las heridas no sanarán. ¿Entonces qué hacer? El olvido es la mejor de las venganzas. Creo que solo se puede pedir a la diosa un poco de piedad.

Los caminos de la poesía

La poesía nos lleva a lugares no habitados, 
no transitados aunque sí familiares. 
Nos hace recorrer por primera vez aquellas ideas de lo que somos en el futuro. 
Es cómo un órgano que bombea la sangre de nuestro sistema espiritual. 
Nos despierta, nos ilumina, nos conmueve. 



viernes, 7 de agosto de 2020

¿Ghosting académico?

Todes hemos escuchado o nos ha sucedido un ghosting amoroso. Estando en una relación sentimental, de la noche a la mañana desaparece la otra persona de tu vida sin más explicaciones tal como si fuera un fantasma. De inmediato te preguntas ¿pero qué pasó? ¿Acaso hice algo mal? Y si empezaban a existir sentimientos importantes de tu parte, te quedas algún tiempo desconcertada por el simple hecho de no saber qué pasó. Lo cierto es que al final la relación desaparece dejándote un amargo sabor ante la falta de valor del otro para decirte con todas sus letras la verdad.

En fin, si bien el ghosting amoroso da para mucho de que hablar, en realidad me interesa hoy hablarles del ghosting académico, del ghosting ideológico. ¿Les ha pasado acaso con un amigo o amiga, un colega del trabajo o incluso en Twitter, que después de conversar algunos días sobre cuestiones políticas, morales, filosóficas y académicas, difiriendo en puntos de vista en menor o en mayor grado, sin previo aviso desaparecen de tu vida?

Tristemente a mi me ha pasado y probablemente lo haya hecho también sin darme cuenta de ello. El punto aquí es que aparentemente preferimos evitar ideas contrarias, que nos disgustan o que simplemente no compartimos antes que cuestionar a los otros directamente, y peor aun, cuestionarnos a nosotros mismos, mover nuestras más profundas y sagradas creencias. Más allá de que esto pueda derivar en la erosión de una amistad o relación humana, me pregunto qué tanto nos estamos imposibilitando la capacidad de diálogo con los otros, con los diferentes. ¿Qué tanto nos estamos imposibilitando para la auténtica vida en pluralidad? ¿Seguiremos tratando a quienes piensan de forma chocante desde nuestro punto de vista como fantasmas? o ¿tendremos algún día el valor de desenterrar nuestros más profundos odios y prejuicios hacia lo ajeno? Mientras eso ocurre seguiremos en nuestros clanes y tribus ideológicas, alabándonos solo con nuestros amigos ideológicos y haciéndonos la guerra entre comunidades epistémicas distintas. Somos una academia llena de fantasmas.  

sábado, 20 de junio de 2020

Apuntes sobre racismo y clasismo en México


Como muchos mexicanxs, parte de mis orígenes se encuentran en la migración. Mi abuelo materno era salvadoreño. Llegó a México en su juventud buscando mayor suerte siendo sastre y pastor protestante. Toda su vida tuvo que lidiar con la discriminación, al grado que personas que se decían ser cristianas, lo denunciaron y estuvo a punto de ser deportado. Mi abuela, mexicana, específicamente tampiqueña -no me pregunten cómo- logró hablar con el mismísimo Adolfo López Mateos para que mi abuelo pudiera quedarse a vivir en México. No volvió a tener ningún problema. Sin embargo, su vida y la de mis tíxs no fue nada fácil. Cuando llegó con mi abuela a la Ciudad de México, después de trabajar como pastor en Zacatecas y Guadalajara, se fueron a vivir a un pequeño terreno al oriente de la Ciudad de México. Ahí, junto con los más grandes de sus hijos, construyeron con sus propias manos la casa en la que vivieron mi mamá y sus seis hermanos en condiciones económicas muy limitadas. Mi abuela era ama de casa, así que el único ingreso provenía de la sastrería que con mucho esfuerzo logró abrir mi abuelo en la colonia Narvarte. Mi abuela falleció muy joven, a los 54 años de un paro cardíaco, mientras que mi abuelo murió a los 81 con un muy avanzado mal de Parkinson. 

En contraste, -como todo lo que ocurre en México-, mi papá es hijo de un fabricante de textiles de San Luis Potosí, quien tuvo 13 hijos con mi abuela (ama de casa y pintora) y a diferencia de mi madre, él vivió con sus hermanos en enormes casas de las Lomas y Polanco. Sin embargo, no siempre fueron buenos tiempos para la familia, y por diversos problemas legales se perdió la fábrica de mi abuelo tras algunos años de su fallecimiento. 

Mis papás se conocieron cuando trabajan en Banca Cremi. Al poco tiempo de ser novios, mi mamá se embarazó de mi hermano por lo que decidieron casarse antes de que ambos terminaran la carrera. Mi mamá estudiaba contabilidad en la UNAM y mi papá economía en la UAM Iztapalapa. Ninguno de los dos pudo terminar por lo que siempre han tenido que malabarear para “sacarnos adelante”: Mi mamá ha sido cajera (de banco y de un minisúper), costurera (porque mi abuelo le enseñó su oficio), y en la peor de las épocas, para que yo pudiera seguir yendo a la universidad, fue trabajadora doméstica de unos vecinos. Mi papá por su parte, fue empleado bancario (hasta que lo liquidaron) vendedor de computadoras, chofer repartidor por toda la república y taxista. 

A pesar de esta difícil situación, recuerdo haber sido feliz durante mi infancia. Mis tíos (quienes tuvieron un poco más de suerte que mis padres) siempre le dieron trabajo a mi papá y eso también ayudó para mantener cierta estabilidad. Sin embargo, esto que durante la niñez nunca me importó, pues nunca nos faltó nada, empezó a ser doloroso en la adolescencia y mis primeros años de adultez. Cuando iba en secundaria, recuerdo tristemente como algunos compañeros se burlaban de mi porque mi padre me llevaba a la escuela en un bocho despintado; como después de perder nuestra casa, mi papá se fue a la frontera a trabajar. Recuerdo tristemente como mi pequeña hermana ya no recibía juguetes el seis de enero porque ya no alcanzaba para ello y como no tuve dinero para ir a las fiestas de graduación de la prepa y universidad. Durante muchos años, mis propias amistades, familiares y toda clase de personas me hicieron sentir avergonzada de mi situación.  Y es que es todo, el menosprecio por el código postal donde vives, la ropa que usas, las cosas que no posees, las posibilidades que no tienes. Si yo no hubiera ido a la universidad, y más que eso, si no hubiera tenido acceso a los libros, probablemente hoy me seguiría sintiendo avergonzada de la posición desaventajada que viví y que de alguna manera sigo viviendo. 

Y a pesar de estas profundas heridas que otras personas me han causado, no tengo la más mínima intención de señalar y exhibir a nadie. De entrada porque estoy segura de que también yo he causado heridas a otras personas reproduciendo ciertos cánones de conducta, y segundo, porque siempre han sido los libros, las ideas, el diálogo, la reflexión, los que me han ayudado a darme cuenta de mi propio clasismo. 

Hoy leo a muchos académicxs (que por cierto no pueden evitar decirle al mundo en sus bios de Twitter que cuentan con maestría o PhD de las mejores universidades del mundo: Harvard, Columbia, Oxford, Yale entre otras, o con un importantísimo cargo en instituciones públicas o académicas) señalando con el dedo el raciclasismo y machismo de los otrxs cuando ni si quieran tienen idea del privilegio en el que están por el simple hecho de tener un posgrado ¿ese es realmente el papel de la academia? ¿debemos contribuir desde nuestra soberbia ilustrada con la cultura de la cancelación que impera en nuestras redes sociales? Hoy les recuerdo que solo el 17% de la juventud en México ha tenido la oportunidad de acceder a estudios universitarios y que sólo el 1% a estudios de posgrado de acuerdo a datos de la OCDE. Esto sin hablar de la calidad de dichos estudios. Si mi madre no hubiera limpiado casas y si me padre no se hubiera ido a la frontera a trabajar, no sé si hubiera tenido la oportunidad de haber ido a la universidad y así darme cuenta de que no solo he sido víctima de un sistema clasista y patriarcal, sino también reproductora y cómplice del mismo al sentirme avergonzada por muchos años de mi “estatus social” así como de hacer consciente e inconscientemente acepción de personas de acuerdo a la escala de valores que impera en nuestra sociedad desde la colonia. 

No sé, creo que como académicxs estamos cayendo en una soberbia intelectual de grandes proporciones que nos impide, desde el mismo plano desde el cual nosotrxs tuvimos la oportunidad de aprender y sensibilizarnos (libros, profesorxs, discusiones con nuestrxs compañerxs) a desmantelar con educación, diálogo, cultura, y no con violencia verbal y otra clase de métodos antipedagógicos, la terrible y antidemocrática escala de valores que por años hemos sido también sus reproductores. Y si no es así, ¿por qué aspiramos a tener ciertos grados académicos y de ciertas prestigiosas universidades, a hablarle a cierta élite académica y tuitera, a vivir en ciertos códigos postales antes que en otros, usar ciertas marcas, vestir de cierta manera, comprar ciertos productos antes que otros? ¿escuchar cierta música y productos culturales? Que tire la primera piedra quien esté libre de raciclasismo. 

miércoles, 20 de mayo de 2020

Noche

A veces, casi siempre, disfruto la noche. 
Los grillos, mi cuerpo horizontal sobre la cama. 
La lectura o una buena cinta. 
La frescura de las sabanas y el calor que se va formando con las cobijas. 
El placer del descanso, de poder dejar en el pasado 
Las ansiedades. 
Un té, un mensaje de amor. 
Mis ojos aliviados del calor de las pantallas. Una  respiración profunda, una caricia. 
Los músculos se relajan. 
A veces la mente se agiliza, se lucidiza. Y escribo, o recito, o solo disfruto de mi pensamiento. A veces no hay preludio. Pero casi siempre de tanto que disfruto me niego a abandonarme al profundo sueño.

viernes, 1 de mayo de 2020

Lupus

Créanme, no entiendo aún bien a bien de que se trata esto.  Lo que sé es que es una enfermedad autoinmune. Mis anticuerpos me atacan a mi misma, específicamente a mis células, y por lo tanto a mis tejidos y órganos. Por alguna razón prefieren atacar pulmones y el corazón (bueno al menos en mi caso) pero también puede pasar, porque así ha pasado en otros pacientes- que puede atacar hígado, riñones y cerebro. 

Y pues no hay cura. Sólo hay medicamentos que  controlan los síntomas y que previenen los ataques. Tampoco se sabe por qué pasa.  Sólo que puede ser en parte a cuestiones ambientales, en parte a cuestiones genéticas. 

Generalmente se manifiesta en la edad reproductiva y la mayoría de los casos son mujeres (1 de cada 10) aunque eso si, en los hombres suele ser más agresivo. 

Yo me enteré que tenía exactamente en mi cumpleaños 27, el cual me aferré a celebrar en medio de incapacitantes dolores articulares. Pero recuerdo diversos episodios de dolores menores desde mi adolescencia y un par de años antes sufrí una trombosis venosa profunda. 

¿Pero por qué me interesa hoy contarles todo esto? 

Porque es mayo, mes de la visibilizacion del lupus en el mundo, y me parece sumamente inverosímil que al menos en mi caso me sea tan difícil  hablar de la enfermedad sin sentirme fuera de lugar. No solo ha sido extremadamente duro tener que hacerme a la idea de que estaré enferma toda mi vida, y la verdad es que aún no lo entiendo a cabalidad; de las cosas más difíciles que he tenido que enfrentar ha sido el poder hablar de esto con los demás sin arrepentirme momentos después, o sin convertirlo todo en un mar de lagrimas. ¿Por qué? 

No puedo estar completamente segura de ello, solo tengo algunas hipótesis:
  • Por miedo a ser estigmatizada o discriminada. Tengo miedo a que me puedan ver menos apta para un puesto de trabajo o una beca educativa. Uno de mis proyectos de vida es aplicar a un programa de posgrado fuera del país y me han sugerido (expertos en estos procesos) ni siquiera mencionar mi padecimiento. 
  • Porque muchos suelen pensar que solo buscamos llamar la atención o victimizarnos, y ello responde en gran parte a qué es una enfermedad invisible, y como tal se suele pensar por desconocimiento/desconfianza que estamos fingiendo. Muchos pacientes con lupus nos sentimos sumamente incomprendidos porque si bien podemos sentirnos fatal por dentro, por fuera parecemos completamente sanos. En la mente de los demás esto se traduce en que no puede ser tan mala la experiencia del lupus “como queremos hacerles creer”. 
  • Para no incomodar a nadie. Puede parecer esto un sin sentido pero he observado un comportamiento extraño en la naturaleza humana que nos hace sentir incómodos cuando alguien habla de sus propias tragedias. No por falta de empatía -quiero pensar- o mas bien no me estoy refiriendo a estos casos que por supuesto también existen,  sino por una falta de habilidad para reaccionar a este tipo de situaciones. A mi también me pasa que me es difícil encontrar las palabras adecuadas cuando alguien me cuenta sus problemas, peor aun una tragedia, es frustrante no saber qué decir o cómo ayudar. Y aunque la mayoría de las veces ni siquiera busquemos la ayuda de nadie, sino sólo poder expresarnos, quienes intentan torpemente escuchar responden generalmente de la peor manera. Por ello por mucho tiempo he decidido callar y vivir esto sola. 
Pero ¿por qué tendríamos que condenar nuestro padecimiento a lo más íntimo del ser cuando requerimos que se hable de esta enfermedad para promover una cura, para mejorar nuestras propias condiciones de vida? No por otra cosa sino por dignidad y una simple y sencilla razón de derechos humanos. Hoy más que nunca entiendo que en efecto lo personal es político. Se requiere romper el silencio no solo por mi, sino por todos y todas quienes no pueden ejercer a plenitud el derecho básico a la salud. 

Si bien afortunadamente formo parte del porcentaje de personas con lupus que puede seguir trabajando, lo cierto es que esta enfermedad y los efectos secundarios del tratamiento, me han deteriorado física y emocionalmente. Esta extravagante enfermedad me hace sentir dolores prácticamente todos los días, a los cuales ya me he ido acostumbrando, pero no quiero seguir haciéndolo. No sé que opinan ustedes y qué tan digno les parezca tener que acostumbrarse al dolor hasta el grado de tener que salir corriendo al hospital porque te olvidas completamente de entender cómo funcionan las señales de alerta y peligro en tu cuerpo. 

En fin, así las cosas. En este mes del lupus esperemos que más personas hagan consciencia de este padecimiento, porque aunque uno de los medicamentos que usamos para prevenir su activación (Plaquenil) este aparentemente funcionando para pacientes con Covid-19 -razón por la cual hubo desabasto del mismo- al estar basado nuestro enfoque de atención a los problemas de salud con un criterio utilitarista, difícilmente podremos esperar pronto una cura a este padecimiento. Al menos nos ayudaría mucho que se nos conceda el poder expresarnos libremente sin ser estigmatizados. No queremos condescendencia ni trato privilegiado, solo ser escuchados. 

La consumación de la injusticia

Tocaron la puerta del departamento. Eran dos abogados. Una mujer y un hombre. Eso recuerdo. Entregaban un papel a mi madre y decían que debí...